Tuesday, June 9, 2009

La palabra, el pensamiento y la creación











Vi hace poco un reportaje sobre la obra de Stephen Hawking, el físico reconocido por sus estudios sobre el Bing Bang, el origen del Universo, una teoría holística que lo ligue todo y nos diga cómo es que podemos estar aquí, hoy. Pero yo hoy no voy a hablar sobre cosmología ni física, lo que pasa es que al ver ese reportaje me entró mucha curiosidad no sólo el tema en sí, sino también ver a la persona trabajar, pensar. Porque Hawking no puede hablar, no puede moverse apenas … y no pude sino preguntarme sobre lo ligados que están o no el pensamiento y la palabra. Es un tema típico de filosofía, lo sé, se ha tratado mucho sobre ello, y por desgracia no lo he leído. Pero es que al ver a Hawking trabajar, vi claramente en práctica un enigma que en teoría, para mí, sólo existía en nuestras mentes. Me hizo pensar en ello porque se le veía reflexionar, y esa batalla entre pensamiento y palabra que existía en su mente (batalla en su caso entre símbolos y pensamiento, alfas betas y ces al cuadrado), me vino a la cabeza porque había su transposición más grosera con la batalla entre la frase ya formada en la mente de uno y la expresión de esa frase al mundo exterior. De hecho, Hawking pues sólo fue un puente, que me llevó como la madalena a un dilema que recordé entonces.

El problema es fácil, y si nunca os habéis parado a pensarlo, podéis sin problema hacerlo ahora: ¿cuando pensáis, utilizáis palabras, o las palabras son tan sólo el lenguaje que utilizáis para dar a conocer el resultado de vuestros pensamientos? ¿Palabra y pensamiento están unidos, se puede pensar cosas complicadas sin tener esa herramienta virtual que es la palabra? … El otro día, al ver a Hawking en acción, me vi de lleno en el problema, gracias a esa transposicón que se aprecia en su caso, una transposición mucho más visible ya que no ocurre tan sólo en la mente, sino justamente en la salida de la idea fuera de la mente, donde por definición el resultado será visible al resto. Él, ahora, sólo puede comunicarse de forma “binaria”: moviendo un solo músculo de su cara. Nada más. Un solo músculo. Sólo dos mensajes posibles: 1 (movimiento), 0 (no movimiento). A través de un programa de ordenador, desarrolla pues sus frases, pero os podéis imaginar la velocidad. Y es que aparte de la palabra, hay algo bastante esencial para desarrollar el pensamiento: un lápiz y un papel, o algo equivalente. Es muy difícil resolver una ecuación sin escribirla, por muy sencilla que sea la ecuación. Todos los matemáticos, escritores, dibujantes, todos hacen uso del borrador, donde, al ver la idea en un soporte externo, la perciben desde un punto de vista externo, y pueden pues trabajar sobre ella, desarrollarla, probarla, retocarla, añadir, sacar, etc. La herramienta exógena ayuda a adelantar, es como tener un disco de memoria externa para nuestro ordenador, una memoria RAM que nos ayuda a ir más rápido -incluso que nos ayuda a "ir", sin ella no podríamos movernos-. ¿Pasa lo mismo en la mente? ¿Las palabras son nuestra memoria RAM que almacenan conceptos que existen de otra forma? ¿Sólo podemos tener ideas de algo que conocemos, ideas vocalizables, explicables? ¿O una idea puede ser algo que está ahí pero que, como el que en un sueño quiere hablar y no puede, se queda encallada, no sale? ¿Qué es una idea? ¿Son pequeñas descargas eléctricas neuronales, es una cantidad de electrones, es algo con masa o un cuerpo etéreo…?

¿A quién no le ha pasado eso de tener una palabra en la punta de la lengua, sentirla, saber que está ahí, y sin embargo no poder capturarla? ¿O esa sensación de ver pasar una idea por la mente, como una estrella fugaz, y no poder atraparla: era una frase estructurada, eran símbolos, era una combinación de impulsos eléctricos neuronales? Supongo que la neurociencia se encarga de encontrar y definir esta situación. Es realmente volcánica la actividad que pasa por el cerebro. Freud ya lo adelantó con el subconsciente, toda esa parte existente pero entonces aún latente de nuestra persona. Una vez, tras haber tenido unos cuarenta grados de fiebre, fui incapaz de explicar con palabras lo que me pasó durante mi delirio, mi malestar, mi sudoración. No eran sueños, era un estado que yo no pude explicar con palabras. Era como un caleidoscopio, pero no visto desde fuera, sino que yo era el caleidoscopio… Y no recuerdo, no recuerdo más, porque quizá mi cerebro tan sólo recuerda lo que puede ordenar con palabras… O quizá no, quizá un día esa madalena me recuerde ese estado, como el olor súbito nos recuerda ese día del verano del 64…

Pero eso son estados pasivos, cosas que nos suceden, no cosas que realizamos. Pero pasa lo mismo con lo reflexivo. ¿Qué es pensar? ¿Cómo se pasa del momento cero al momento en que pam, aparece el inicio de una idea? ¿Es una transición? ¿Es una resolución de ecuaciones con hipótesis que tenemos almacenadas en el cerebro? ¿Pero y la primera idea, cómo nace, cómo sale de la nada? Al ver pensar a Stephen Hawking sobre el inicio del Universo, yo no podía sino pensar en el inicio de su pensamiento. ¿Qué le pasa por la cabeza? ¿Una imagen de estrellas y galaxias explotando o una ecuación? ¿Algo concreto o algo abstracto?

Me quedé pues meditando un buen rato, perplejo de lo que acababa de ver. No sé, no sé qué es lo que pasa. Como en la película “2001 Odisea en el Espacio”. Una película que retrata perfectamente la diferencia entre evolución y revolución, en esa escena del principio, cuando el simio coge el hueso y con él rompe los cráneos secos. Se ha dado cuenta de lo que ha hecho: una ruptura con la historia. Desde allí ya nada será igual. Y lo ilustra Kubrick en ese plano en que el simio tira el hueso al aire… y la siguiente escena es la nave espacial flotando en el espacio, girando lentamente como giraba el hueso en el aire. Entre coger el hueso con la mano para utilizarlo de herramienta, y volar en el espacio, no hay ningún dilema: es una simple evolución. El verdadero dilema está en el inicio, cuando coge y utiliza el hueso como herramienta, en el momento creativo, no en el momento evolutivo. ¿Qué le pasó por la cabeza para hacer algo que nunca antes se hizo? Eso mismo me pregunto yo: ¿qué pasa por nuestra cabeza que podamos hacer tantas cosas desde cero? ¿Qué está ocurriendo en mi cabeza ahora mismo?

Saturday, June 6, 2009

La pequeña historia del coche eléctrico










“Y de repente, con el siglo XXI apareció el coche eléctrico”. Así podría empezar este texto, pero nos estaríamos alejando de la verdad. Porque no ocurrió de esta manera: el coche eléctrico es una realidad que siempre ha estado ahí, desde el inicio de los tiempos modernos. Uno creería que estos vehículos han invadido el panorama mundial en tan sólo un año, cuando de hecho el vehículo eléctrico no es para nada una invención reciente. A principios del siglo XX se conducían más coches eléctricos que vehículos de gasolina, pero la autonomía limitada de las baterías frente al desarrollo incesante del motor de explosión decantó la balanza hacia esta última tecnología. Sobre todo porque la gasolina era una materia barata, y en su día mucho más controlada por empresas occidentales. Pasaron los años, y el coche eléctrico siguió estando ahí, aunque cada vez sus líneas eran menos convencionales, su presencia más escasa, y se le relegó al estatus de “prototipo del futuro”. Presente, eso sí, en cada Salón del Automóvil. Hacia finales del siglo XX reaparecieron iniciativas mucho más reales, como el caso del vehículo de General Motors EV1, sobre el que trata la película ganadora en el festival de Sundance “¿Quién mató al coche eléctrico?”. Y casi sin darnos cuenta, sin prestarle demasiada atención, nos dimos cuenta un día de que ya no nos extrañaba oír hablar de coches híbridos, de que pequeños coches eléctricos circulaban en lugares concretos haciendo publicidad para tal marca, o de que los autobuses urbanos circulaban con energías alternativas. El cambio ya estaba aquí: ¿Qué es lo que pasó, que no nos dimos cuenta?

Pero esto lo veremos de aquí a un rato. No abandonemos ahora la candente actualidad e intentemos ver cómo, de repente, tras algunos años de coexistencia silenciosa, nos dimos cuenta de que algo estaba pasando. La gracia de la situación es que, de hecho, no nos dimos cuenta de que la industria del automóvil ya venía preparando desde hacía tiempo soluciones eléctricas. Lo que pasó es que de repente nos dimos cuenta que queríamos un coche que consumiera mucha menos gasolina. Que no consumiera nada. Y entonces hicimos memoria: ¿Oye, no se había hablado hace algún tiempo de los coches eléctricos…? El despertar para el consumidor fue en verano de 2008: simplemente cuando el precio del crudo sobrepasó los 140 dólares por barril (ahora está en unos 50). Y bien decimos aquí “consumidor” y no “ciudadano”, ya que son dos identidades bien distintas que llevamos cada uno de nosotros en nuestro interior: somos uno, pero pensamos de dos maneras en función de la situación. Como ciudadanos y soñadores, intentamos velar por el bien común de nuestra sociedad, y en más de una ocasión habremos soñado con bólidos de este tipo, con energías renovables, con transporte público para todos y paz en el mundo. Como consumidores, comparamos los puntos fuertes de cada oferta con nuestro bolsillo individual antes de nominar al elegido: por desgracia, las limitaciones del vehículo eléctrico eran demasiado fuertes como para hacer caso omiso de ellas. Sobre todo a dos niveles: autonomía (kilómetros que se pueden recorrer) y precio. Como indica un estudio del RACC, si bien es cierto que entre dos vehículos parecidos estamos abiertos a escoger al más verde, bajo ningún concepto estaremos dispuestos a pagar más por ello. Y es que en este caso lo verde no es un atributo del que disfrutemos directamente: es un atributo “social”, que hace disfrutar a todos tanto como a mí, pero que además necesita que el resto de personas haga lo mismo para que se note, al final, cierto impacto global y de ahí individual. A diferencia del GPS de serie, del que se beneficia directamente el comprador del coche. Así pues, el detonante económico surgió con el precio de la gasolina por las nubes, que hizo que el coche eléctrico fuera una opción doblemente positiva: económica y respetuosa con el medio ambiente. El consumidor estaría dispuesto a pagar algo más por un vehículo eléctrico, porque recuperaría dicha inversión en el menor consumo de energía. Conducir 100km con un coche de combustión interna cuesta de media 6,60€ en gasolina. La misma distancia con un coche eléctrico cuesta 1,50€ en electricidad. O lo que es lo mismo, tras una vida útil media de 150.000km, se ahorran unos 7.650€. Y eso ya empiezan a ser palabras mayores. Cuando se trataba “tan sólo” de salvar al planeta, no era suficiente. Igual que en el supermercado, no todo es la calidad: también hay que ver el precio. Pero veamos entonces esas cualidades ecológicas que hicieron del coche eléctrico como una apuesta de futuro cada vez más viable.

La conciencia verde se desarrolló fuertemente a finales del siglo XX - principios del siglo XXI, coincidiendo con una etapa de bonanza y crecimiento que nos permitía descentrar la mirada del imperativo puramente económico para adentrarnos más en otros aspectos de la vida. Fue la época del shock del efecto invernadero, el agujero de la capa de Ozono, los acuerdos de Kyoto, la eclosión de gigantes industriales con un potencial inaudito como China o India, el constante aumento de población en la Tierra y los riesgos medioambientales que todo ello suponía. La democratización de esta conciencia ecológica influyó pues en la idea de realizar coches más ecológicos: que no contaminen, que no consuman. El coche eléctrico cuajaba de lleno en esta visión. Sin embargo, seamos críticos y señalemos que el coche eléctrico es tan sólo el catalizador perfecto que favorece que la emisión final de CO2 sea casi nula tras un trayecto en él, pero el vehículo eléctrico en sí no es la panacea universal. Sí, el coche eléctrico no consume gasolina y no tiene motor de combustión que contamine: eso es ya un punto enorme, pero hace falta ver cómo se ha creado la energía eléctrica que consume. La pelota pasa pues del lado de las compañías energéticas, que deben entonces generar esa electricidad de forma limpia (energías renovables como la eólica y demás) y no con plantas térmicas de fuel o carbón. Si la electricidad que utiliza el coche eléctrico le viene de una central de fuel, las emisiones de CO2 existen igual, sólo que no las vemos. Pero para ser igualmente justos en nuestro análisis, no concluyamos que se trata de un hipócrita “ojos que no ven, corazón que no siente”. Ya que por un lado es mejor que las emisiones se concentren en plantas energéticas alejadas de núcleos urbanos, que emitidas por los vehículos en el aire de las ciudades que respira la mayor parte de la población (este argumento es indiferente para el problema del efecto invernadero, pero no para la salud pública en lo inmediato). Y por el otro, es también más fácil tratar las emisiones tóxicas si éstas se encuentran centralizadas que si son diseminadas por miles de vehículos. En fin, la puerta para un futuro más verde quedaba abierta gracias al vehículo eléctrico, sin embargo hacía falta un estímulo más fuerte para acelerar la reacción. Y hay que señalar que las eléctricas recogieron el guante, y eso no tan sólo a causa del coche eléctrico. Las energías renovables suben con fuerza: España es por ejemplo el tercer productor de energía eólica en el mundo, tan sólo detrás de Estados Unidos y Alemania. Y la aventura continúa: en noviembre de 2008, en el punto álgido de una tormenta, el 40% de la energía del país fue producida por el viento.

Así, tenemos ahora de nuestro lado el factor calidad y el factor precio. Y es que a pesar de que hoy en día se ha difuminado un poco el efecto de la subida de precio de la gasolina, la herida sigue ahí. Porque nadie duda de que si los precios de la gasolina han vuelto a una normalidad aparente… es porque esta normalidad aparente se llama “recesión”. Tan pronto se deje atrás la crisis, la rueda de la economía se pondrá en marcha de nuevo, y con ella se activará la demanda, la actividad industrial, la necesidad de materias primas. Y el precio de la gasolina volverá a subir. Y en esos niveles se quedará. La industria del automóvil, algunas marcas más que otras, se puso pues manos a la obra anticipándose a los hechos. No olvidemos tampoco que una crisis profunda es también una ocasión para poner en duda dogmas que parecían intocables y favorecer así el nacimiento de nuevas propuestas. De este modo, si la respuesta del mundo del automóvil ha sido tan veloz, es porque también lo viven como un tren al que subirse para salvarse de la quema. Estas nuevas propuestas nacieron sobre todo con el Toyota Prius, que saltó a la palestra hace más de diez años (en 1997) como una apuesta revolucionaria del primer fabricante mundial. Sin ser un coche de lujo, fue un coche selecto, pero su éxito es latente con más de un millón de unidades vendidas a día de hoy. Hoy no sólo es el líder en el sector de híbridos, sino que además es uno de los mejores coches del mercado. Esta primera apuesta por la hibridación (combinar un motor de explosión “de toda la vida” con un motor eléctrico) era la primera apuesta por la electrificación del vehículo. Poner dos motores en un coche (uno que se alimenta de gasolina, el otro de electricidad) creaba ciertamente algunas complicaciones, pero fue la solución creada vista la imposibilidad de alcanzar suficientes kilómetros con tan sólo un motor eléctrico y sus baterías. La eficiencia del vehículo híbrido venía del hecho que el motor eléctrico es capaz de recuperar la energía del automóvil, en momentos de deceleración sobre todo: energía que anteriormente se perdía. Un sistema que desde este año se aplica en los monoplazas de Fórmula1, con el famoso KERS (Kinetic Energy Recovery System – Sistema de Recuperación de Energía Cinética). El motor de explosión sólo nunca hubiera podido recuperar esa energía: el motor eléctrico acababa de encontrar su lugar. Se trataba ahora de acabar la obra e intentar ganar prestaciones en autonomía para que el motor de explosión fuera totalmente prescindible.

Y es ahí donde entraron en juego las sinergias entre diferentes industrias. Y es que si las baterías se enchufaron, fue porque hacía tiempo que habían puesto las pilas. Si durante todo el siglo XX no hubo apenas industrias que hicieran prosperar el sector de las baterías, a finales del mismo surgió un nuevo sueño para el hombre. El sueño de la movilidad. El sueño del teléfono móvil. Y del ordenador portátil. El caso del teléfono es revelador, porque, de forma similar a lo que ocurre con el automóvil, no sueles necesitar el teléfono si ya estás con quien deseas, sino que lo usas justamente cuando estás lejos, cuando estás perdido, cuando no estás en casa. En ese lugar no hay enchufes ni cable. Se tenía pues que depender de la propia energía de la batería. ¿Quién no recuerda hoy los zapatones que se enganchaban en la oreja los primeros ejecutivos con teléfono portátil? Aquella batería vetusta y enorme ha dado paso hoy en día a una batería con mucha más capacidad en un espacio mucho menor. Son las mismas baterías de ion-litio que hoy se utilizan en el mundo del vehículo eléctrico. Y es éste el campo que más investigación y desarrollo está suscitando, con el objetivo de llevar los coches eléctricos actuales más allá de los 160 km en una sola carga – a un precio razonable. Sí, siempre existen las excepciones, coches “enchufables” como el Tesla que van mucho más allá, pero de lo que se trata ahora es de pasar de la exclusividad y el prototipo a la alternativa real.

Y es aquí dónde nos encontramos hoy en día. Lo de la revolución híbrida ya es más una realidad que una ficción: al éxito del Toyota Prius se le acaba de sumar el Honda Insight, que además se auto-declara “el híbrido para todos” al tener un precio algo inferior a 19.000 dólares. Un precio más que correcto para un coche de grandes prestaciones. Ford y General Motors ultiman también sus nuevos híbridos, así como Mercedes o incluso Seat, con el León Twin Drive Ecomotive cuyos prototipos se están desarrollando en la planta barcelonesa de Martorell. Y BMW, y Volvo, y Volkswagen… no hay fabricante que no esté pensando en sacar un modelo de consumo reducido con tecnología eléctrica en su interior. Además, la situación política también ayuda: ya sea a causa de la crisis o por políticas de largo plazo, muchos gobiernos están sacando adelante textos de ayuda al automóvil verde que son más que un simple impulso para la electrificación del parque móvil. Por ejemplo, en Estados Unidos se ofrece una ayuda directa de 7.500 dólares por comprar un coche eléctrico o híbrido. En el Reino Unido ofrecen una cifra similar, en libras. Y ahora el plan Movele en España también se suma a las ayudas a la adquisición. Pero no es sólo la incentivación para los que se sumen a la fiesta, sino que se realizan leyes constrictivas para reducir de forma obligatoria las emisiones de CO2 y gases tóxicos y obligar a todo el mundo a cumplir unos mínimos que, desde mayo del 2009, son infinitamente más estrictos que los que había en el pasado: la eficiencia de los vehículos deberá ser un 40% mayor ya en 2016 (con la misma cantidad de combustible, se deberá poder recorrer un 40% más de kilómetros).

Todo indica pues que el cambio ya está aquí. Y no sólo el cambio evolutivo que suponen los híbridos, sino la verdadera revolución que suponen los vehículos puramente eléctricos. Es el caso de Mitsubishi iMiev, del Nissan EV, de la compañía Tesla Motors con su Roadster y su Model S, de los Think o los Bluecar (una apuesta común del diseñador italiano Pininfarina con el industrial francés Bolloré). Estos vehículos suponen un gran adelanto frente a los pequeños coches eléctricos que ya existían, pero que difícilmente podían competir en el mismo mercado que los turismos destinados al consumidor base. Los coches eléctricos que circulaban hasta ahora solían ser pequeños modelos, de prestaciones muy limitadas, con un público objetico muy limitado (personas realmente dispuestas a sacrificar mucho por su ideal ecológico). Ahora, hasta los amantes de los coches se pueden comprar un bólido, que, encima, es eléctrico. Y los ingenieros del mundo del automóvil saben que si se saca el motor de explosión, no se saca tan sólo la gasolina, sino el aceite, los filtros, los catalizadores, hasta incluso el cambio de marchas o el diferencial… todo para crear un automóvil completamente nuevo.

Serán seguramente los híbridos los primeros en afianzarse en el mercado, por no carecer ellos del problema de autonomía y porque, a su vez, al aparecer las nuevas versiones “plug-in” (“enchufables”) de los mismos, serán un catalizador para la creación de una red de recarga de vehículos eléctricos, una condición necesaria para los vehículos puramente eléctricos como lo son las gasolineras para el motor de explosión. Es por eso que hoy en día ya se están empezando a ver muchas iniciativas en lo relativo a la construcción de infraestructura de recarga. Éste es un ámbito en el que el papel del sector público adquiere mucha más importancia. Si bien es cierto que, por un lado, los proveedores de dichas estaciones de recarga serán de iniciativa privada (y así lo certifican las diversas empresas que ya están presentando proyectos y asomando la nariz), la localización de éstas será en primer lugar en suelo público. Porque, a diferencia de las gasolineras, se deberá dejar el automóvil cargando durante un buen rato. Es decir, se deberá dejar el automóvil aparcado. Otra soluciones son obviamente los parkings privados, de centros comerciales, de supermercados, de estadios, etc. Y todo eso sin mencionar que los primeros usuarios de vehículos puramente eléctricos serán los entes públicos y las personas con alto poder adquisitivo. Los entes públicos como municipalidades y alcaldías ya que el ayuntamiento que invierte en una infraestructura de coches eléctricos y en la adquisición de éstos, está invirtiendo en salud y bienestar de sus ciudadanos, así como impulsando nuevos sectores económicos de crecimiento. En cuanto al consumidor, un ciudadano con una renta media-baja no adquirirá hoy un vehículo eléctrico ya que apostará más bien por un vehículo que cubra todas las posibilidades de viaje. En cambio, el consumidor que goce de una mejor situación económica podrá permitirse el ir a trabajar con un gadget eléctrico de última generación, ya que además lo recargará simplemente enchufándolo en su propio garaje (no le preocupa pues el tema de la infraestructura de recarga, ya que tiene su enchufe en casa y no realiza a diario más de 160km). Se lo puede permitir a nivel económico debido a su poder adquisitivo, y a nivel cualitativo porque para la escapada de fin de semana siempre tendrá su híbrido de grandes prestaciones esperando en el garaje. Cierto, es una lástima que no todos los individuos se sitúen en la misma línea de salida, pero no es una característica de los coches eléctricos sino de cualquier tecnología: la adquiere el que se la puede permitir o el que realmente la desea o necesita. Fue el caso de la televisión, del ordenador personal, de los móviles, de los portátiles… Deberá pasar un tiempo, que permita las economías de escala, la reducción del precio, el aumento de las prestaciones, para que el público en general pueda permitirse tal vehículo. Sin embargo, la buena noticia es que el aire no discrimina: pobres y ricos, peatones o automovilistas, todos se beneficiarán de la reducción de emisiones tóxicas y de CO2.

Así, ya hay muchas ciudades que han apostado por ellos, allanando el terreno para que en el futuro cualquier persona pueda circular en vehículos que tan sólo consuman energía eléctrica. El punto fuerte de las ciudades es, además, que muy a menudo poseen una flota de vehículos “cautiva”. Es decir, que no se van de la ciudad: el problema de la autonomía no lo es tanto para dichas flotas. Son los coches de la limpieza, de la compañía de aguas, de mantenimiento, de transporte urbano, etc. No se trata pues tan sólo de vehículos turismo, sino que también de autobuses, de camiones y camionetas. Barcelona estrenará en noviembre 72 vehículos eléctricos para su flota de la limpieza: estos vehículos reposan durante el día, cargándose en las estaciones de reciente creación, y salen a recoger la basura y limpiar las calles por la noche, cuando el resto del parque automovilístico de la ciudad reposa. La Guardia Urbana de la misma ciudad ya adquirió hace poco dos automóviles híbridos. Estas acciones municipales, así como las acciones legislativas de gobiernos centrales, son impulsos necesarios para pasar de la acción individualista del consumidor a la mentalidad colectiva del ciudadano. Como decía, las dos formas de obrar pertenecen a la misma persona, y las dos son totalmente legítimas. Pero para sacrificarse como ciudadano por el bien de todos, hace falta primero tener un cierto bienestar individual. Así, el individuo que se quiere comprar un coche para circular por la ciudad, si sabe que el ayuntamiento está colocando estaciones de recarga de vehículos eléctricos, se planteará con más facilidad la opción de adquirir un coche eléctrico en vez de un vehículo de combustión interna. El hecho de que el representante de la voluntad colectiva (gobierno, municipio, alcaldía) actúe con las herramientas que el individuo le dio en su día (voto de confianza e impuestos) para favorecer acciones costosas a corto plazo que pocos individuos realizarían, es la culminación del contrato social que ambas partes tácitamente firmaron. Los coches eléctricos tienen listas sus últimas versiones, las estaciones de recarga ya tienen la tecnología a punto, las energéticas están produciendo energía limpia: ahora sólo falta combinar estos elementos en la carretera para que se creen más sinergias y el viaje pueda ser largo y placentero.

Tuesday, May 19, 2009

¿Dónde te gustaría despertar mañana?


I found this video on the web. It's great. I put some comments after it... but I think you should see the video before. Also, if you like this one, go to their site on Vimeo (click here) and see the others (London, New Orleans...). It's fantastic. Where would you like to wake up tomorrow?


It's so nice to see people's answers. What is amazing is the capacity of taking the question to your own dreams... Some persons simply answer "my bed", because it's true, it's home, it's safe, and it's a very good answer. Some others answer a place in the world, a place they have seen in films, a place they want to discover. Others relate it to a person, the room of my boyfriend, the house of my partner, the place does not matter, it's the people you are with. And some others travel in time, simply thinking out the box, what a nice state of mind: a place they create themselves (drawers you open and surprises come up from there), the best place possible (Paradise). Or again, a place with someone, with your dead father, that died in Queens because he was shot. Oh, what a video, what a story. A travel to people's mind. Absolutely great. 

Monday, May 18, 2009

La realidad y la ficción (2)























Hace un año, un domingo, salí a pasear por Barcelona. Tras un rato deambulando, me senté en las escaleras del MNAC: se está bastante tranquilo, sin coches, con el aire un poco más puro de Montjuïc, además hay una buena vista de la ciudad. Y entonces aparecieron por allí, sin hacer demasiado ruido, Woody Allen y su equipo. Rodaron una escena de la película Vicky Cristina Barcelona, y siguieron su camino. Meses después reconocí la escena, sentado en el cine, en la que Rebecca Hall charla con no recuerdo quién, mientras bajan las escaleras de piedra, con vistas a la avenida María Cristina y sus fuentes.

La película me dejó indiferente, nada que ver para mí con la divertida Auberge Espagnole, donde en vez de enseñarnos escenarios de lujo como esta escalinata bajo la luz dorada del atardecer, en vez de mostrarnos estereotipos como el artista creativo que conduce un descapotable rojo a lo James Dean y vive en una mansión de ensueño (pese a su padre ser poeta), se nos presentan unos jóvenes locos de vivir, las pintadas del Raval, el timbre que no funciona y la ropa tendida al sol. Vicky Cristina Barcelona es una postal, l’Auberge espagnole una atmósfera.

Y sin embargo, sigo pensando que sí, que hay postales artísticas, en la que sólo cuenta la asociación, que dan mucho más de sí. Quizá porque se asemejan más a lo imposible, a lo ideal. No sé si es algo propio mío, pero hay imágenes que me ponen la piel de gallina. No es lo mismo ver Barcelona con Vicky o Cristina… que verla con Batman, por ejemplo. Con el cómic, el dibujo, no la adaptación hollywoodiense. Sé que hay gente que se echará las manos a la cabeza con tal mezcla, mucho tiene que ver con que no tenemos mucha cultura del cómic, y lo percibimos como algo infantil. Sin embargo, en Francia o Bélgica, las viñetas circulan por todas las esferas, incluídas las más intelectuales. He visto a catedráticos de la Sorbona charlar sobre bandes dessinées. A mí me pasa eso, me fascina el poder eterno que tiene un dibujo, una instantánea. Me gusta ver dibujado lo que es real, del mismo modo que me gusta que la catedral de Gaudí imite formas naturales.

Ver un par de turistas en Barcelona es algo normal. Pero ver a Batman en Barcelona, eso es increíble. Ver al Manchester United en nuestras calles es prometedor, pero ver a Oliver Aton fichar por el Barça, eso es ya un sueño hecho realidad. Al menos para los que somos de la generación de los ochenta: los que nacieron un pelín antes aún disfrutan con Eric Castel vistiendo la misma camiseta. O Mortadelo y Filemón compitiendo en las olimpiadas. Supongo que es ese proceso de identificación que nos hace sentir a gusto, un sentimiento de pertenencia, de compartir algo en nuestra vida. Ellos son los héroes, y si en vez de ser ficticios –de Gotham- son de un lugar cercano, la pasión crece. Como la casa de Julieta en Verona, donde día tras día se reúnen los turistas y observan esa hiedra que sube hasta el balcón. Y dónde yo también me hice la foto.

Sunday, May 17, 2009

La realidad y la ficción (1)















Fue un shock inmediato cuando, al volver a Barcelona tras un tiempo en el extranjero, me di cuenta de que la ciudad acaba de haber dado un salto al futuro. No, un salto al pasado. No, un regreso al futuro. No, un salto a la ficción. Bueno, no sé el qué. Pero lo que sí sé es que estaba presenciando lo que años atrás se había escrito en un libro de ciencia ficción. Bueno, en un libro cómico. Bueno, en un libro, vaya. Y sólo pude pensar en la cara que debió poner Eduardo, sentado delante de su café con leche, una mañana cualquiera, con El País encima de la mesa, al leer esa noticia. Oh, no, no era ninguna noticia bomba, nada sobredimensional. Pero ese anuncio de que la ciudad iba a incorporar una flota de bicicletas rojas para bajar de Sant Gervasi al Moll de la Fusta era lo más. Era eso que él había ideado como solución idealística pero fantasiosa, y ahora se estaba haciendo realidad delante de sus propias narices. Nosotros que pensábamos que los de la nevada del 62 serían para siempre los únicos en poder bajar Balmes deslizándose sin motor por la calzada, vimos que de aquel momento en adelante, la profecía del extraterrestre en busca de Gurb se hacía realidad. El autor todavía se debe estar riendo, y yo creo que debe estar feliz. Ay, que bueno debe sentar eso de ser un visionario. Sobre todo en clave de humor. 

"Quizá la gente haría más uso de la bicicleta si la ciudad fuera más llana, pero esto tiene mal arreglo, porque ya está casi toda edificada. Otra solución sería que el Ayuntamiento pusiera bicicletas a disposición de los transeúntes en la parte alta de la ciudad, con la cuales éstos podrían ira al centro muy deprisa y casi sin pedalear. Una vez en el centro, el propio Ayuntamiento (o, en su lugar, una empresa concesionaria) se encargaría de meter las bicis en camiones y volverlas a llevar a la parte alta. Este sistema resultaría relativamente barato. A lo sumo, habría que colocar una red o colchoneta en la parte baja de la ciudad para impedir que los menos expertos o los más alocados se cayeran al mar una vez efectuado el trayecto descendente. Quedaría pendiente, claro está, la forma en que la gente que hubiera bajado al centro en bicicleta volviera a la parte alta, pero esto no es cosa que deba preocupar al Ayuntamiento, porque no es función de esta institución (ni de ninguna otra) coartar la iniciativa de los ciudadanos."

"Sin noticias de Gurb" (día 17, 18h00). Eduardo Mendoza, 1990.

Wednesday, March 11, 2009

El sencillo sabor del agua

Hace poco pasaron por televisión un pequeño reportaje que me hizo mucha gracia. Se trataba más bien de un inciso en un programa de actualidad, unos minutos en que la reportera nos iba a enseñar cómo vive Rufo. Porque Rufo tiene una historia: no es un hombre normal que vive en un piso de alquiler: Rufo es un hombre que vive en una rotonda, establecido con su cabaña en medio de la carretera.

Pero la rotonda de Rufo no es esas pequeñas, sino más bien uno de esos espacios muertos que quedan entre los cruces y salidas de autopistas. De hecho, yo no creo que a aquello se le pueda llamar rotonda, pero en fin, es así como le llamaban en el programa. Queda bien decir que el hombre vive en una rotonda, es un buen titular.

Resulta pues que la reportera lo va a visitar, con las cámaras como testigo. Y muy cortésmente le trae una barra de pan del día, un poco de jamón serrano (envasado al vacío), y el periódico. Tengo que decir que a pesar de lo muy sensacionalista que suena todo esto, la reportera era muy simpática y no se pasó demasiado de la raya. Además, resultó que Rufo era una persona realmente inteligente, que viviendo en su cabaña, con su tranquilidad y saber vivir, estaba alegre, muy bien aseado, muy vivo: no se iba a dejar hacer. Su cabaña de hecho era una verdadera casita de madera, con sus anexos, y con un jardín inmenso, verde, con árboles y todo. Y Rufo le enseñaba la casa. El huerto. La cocina. El recibidor. Todo limpio, ordenado. Y la despensa. Vaya despensa. Resulta que Rufo tenía en ella una cantidad de comida como las de antes: morcillas colgando, chorizos, el rincón de los quesos, el rincón de las bollerías, etc. Todo un festín, y todo casero. Imaginad pues la cara de la reportera, sosteniendo en su mano su regalo de doscientos gramos de jamón serrano envasado al vacío… La reportera que quería ayudar a un hombre pobre... La reportera que se pensaba que Rufo estaría en una situación total de desamparo, ya que para tener que comer lo que él propio se cultivaba, suponía que Rufo debía estar en una situación económica bien mala... La reportera que venía del mundo desarrollado y que le iba a salvar de la miseria con esa comida con certificado del ministerio de sanidad que le traía. Entendió de sopetón que sencillez no significa pobreza, que renunciar a algunas cosas de este mundo no significa ser un desgraciado, que se puede tener la fuerza de apartarse del modo de vida actual y seguir siendo un ser humano. Y la respuesta de Rufo, tan sencilla y a la vez abrumadora: “¡cómo no voy a tener chorizos, si acabo de matar al cerdo!” Ay, si resulta que para tener la despensa como antaño, no hace falta más que cuidar un bicho, que no cuesta nada. Ay, que higiénica y antiséptica parecía ella, con su jamón en láminas, envuelto en plástico transparente. Qué limpio, qué organizado, qué industrial. Pero qué ojos de gata al ver aquellos embutidos frescos colgando de la despensa, aquella comida casera, aquellos alimentos de su propio huerto…

Ay, ojalá existiera más gente como Rufo. Y ojalá esa reportera se dedique a hacer temas con una intención menos exhibicionista y más cultural, ya que era muy amable, divertida, y sobre todo, supo reírse de si misma. Cuando Rufo le respondió que no quería hablar de su familia, ella no hurgó en la herida, y cambió de tema, por mucho de que eso le hubiera –seguro- hecho ganar más audiencia. Esa era la historia de Rufo, la que le llevó a la exclusión de la rotonda, la que el morbo del telespectador hubiera querido, pero él no dejó que entraran en su vida personal, y ella no insistió, seguro que desobedeciendo órdenes superiores. Pero, sobre todo, Rufo era demasiado inteligente para picar en el anzuelo: entrad en mi casa, adelante, eso sí, pero no en mi vida personal. Hay una diferencia. Y la reportera reconoció que estaba metiendo un poco la pata, que el tal Rufo no era un pelele, que hay cosas que valen la pena. Y se despidieron con dos besos, los mismos con que se recibieron. Y Rufo, tan sencillo, le dijo que le gustaba su olor. Qué maravilla de hombre, que no tiene reparos en decirle algo sencillo a una mujer, porque es algo simple, real, sin intentar ir más allá que la simple amistad y cortesía. Qué maravilla pensar que hay gente que aún sabe encontrar el gusto en un simple vaso de agua. Y qué lástima que se tengan que ir a vivir en medio de rotondas, qué lástima que sea porque escondan una historia triste detrás, que lástima que acaben siendo material de curiosidades.

Tuesday, February 24, 2009

Cuando haces una foto









Tengo un tío que siempre dice que no hay cámaras de fotos malas, sino… bueno, ya sabéis, malos fotógrafos. Y seguramente tiene razón, pero claro, a uno le deja con la duda y se pregunta entonces cómo se hacen las buenas fotos. Y es que como la fotografía ya no es el privilegio de unos pocos, gracias sobre todo a las cámaras digitales, salen a la luz miles de instantáneas cada minuto, ya no basta con hacer clic para salir del montón, sino que hay que sacar a relucir algo más para sacar algo positivo del negativo. Y es que no hace tanto, antes de comprarte un artilugio que tras veinticuatro o treintaiséis clics te reclamaba un carrete nuevo, y que para más inri no te dejaba ver lo que había dentro de la caja negra hasta hacer una visita a la tienda (o revelar en un laboratorio casero, eso ya para los que hoy en día llamaríamos más “frikis”), la gente se lo pensaba varias veces antes de hacerse con una máquina de retratar. Creo que ésta es una diferencia fundamental comparada con otros objetos de hoy en día (cómo el coche, por ejemplo) que se han democratizado simplemente porque ya no es sólo una cosa de ricos. No: como la fotografía no suele usarse tan sólo como herramienta (a diferencia del coche, que ayuda a llevarte al despacho), sino como un fin en sí, una distracción, el precio no era el único discriminante. A mí madre no hay quién la lleve al fútbol, por mucho de que  a veces valga casi lo mismo que ir al cine. Pero sin embargo llegó lo digital, y con ello la fotografía se hizo realmente instantánea. Ah, velocidad (veo la foto en el mismo momento en que la hago) e independencia (la veo yo, como las Polaroid, y me las descargo yo en mi ordenador, y …).  Eso es lo que necesitábamos, entonces la gente sí que empezó a comprarse kodaks y nikkons y canons y demás.

Yo no estoy en absoluto en contra de ello, ¿eh? Yo creo que en el fondo está bien que a cada uno  se nos dé la opción de tocar un mundo en el que antes ni siquiera hubiéramos pensado. Quizá de ahí salen vocaciones escondidas. Pero también creo que entonces la pregunta surge más claramente: antes, el que pensaba desembolsar sus pagas semanales en una cámara de fotos, sabiendo que con ello se esclavizaba de por vida  a la compra de carretes y al revelado por terceros (ah, qué tiempos aquellos del “revelado en 24 horas”, y luego…. ¡“en 60 minutos”!), lo hacía empujado por una fuerza primera. Quizá no fuera ya pasión, afición, empuje, sino simplemente curiosidad, pero el caso es que había algo que latía, con anterioridad, por ahí. Y claro, de algún modo u otro eso se tenía que ver en la imagen. La imagen no podía carecer de sentido, ya que se puso bastante empeño en hacerla. Pero ahora ya no hace falta: se nos da la foto en bandeja de plata. Y entonces, cuando todos tenemos el aparato entre las manos, cuando todos podemos disparar, es cuando quizá podemos preguntarnos, en igualdad de condiciones, quién hace y quién no hace buenas fotos. O más aún, dejémonos de comparaciones: ¿qué es una buena foto? ¿Por qué nos quedamos parados delante de una instantánea y pasamos veloces por otras capturas? Como si fuera fácil…

Empecé insinuando que hay dos cosas que diferenciar: la primera es la persona, y la segunda, la técnica (las prestaciones de la cámara de fotos, y el hecho de saber sacarle partido). Si bien es cierto que con una cámara con buenas prestaciones se pueden hacer virguerías, no es menos verdad lo que dice mi tío de que no hay cámaras malas. Y además, tampoco vale excusarse en que la cámara del otro es mejor: si la sabe usar bien, es que se lo ha currado. Mi blog es (el de fotos, no éste), por ejemplo, un blog en el que no uso mucho la tecnología: básicamente, porque mi cámara de fotos es de bolsillo, plana, sin objetivo de estos grandes (no es una réflex), que compré hace más de cinco años (es la cámara que ilustra este artículo). Si vais a sitios como flickr, encontraréis muchas fotos realmente impresionantes, de gente que domina la luz, los colores, la velocidad, todos los parámetros que poner en sus aparatos. Eso no es sólo la cámara: hay mucho trabajo de aprendizaje y perfeccionamiento detrás. Pero no me voy a centrar pues en la técnica: eso es un plus, ya que la técnica sola no puede hacer mucho, así que intentemos ver qué hay detrás del que hace una foto. ¿Cómo nace una foto?

He estado pensando como categorizar todo ese universo, y al final me quedo con esto: yo creo que hay tres tipos de fotos. Las que creas, las que cazas, y las que buscas. Lo único que las diferencia es la actitud del fotógrafo. No es lo mismo un reportero que ametralla en una carrera de motos, que el fotógrafo que se levanta cada día a las seis de la mañana para fotografiar el sol (ya que sabe que saldrá, sólo espera el día en que la luz acabe siendo la más bonita), o que el turista que al pasearse por las Ramblas ve como un tío disfrazado de romano se cae de su poltrona (quería hacer la foto del romano y le sale el plus de la caída porque estaba gatillo en mano – había un anuncio de Fotoprix que era parecido: un padre fotografiando a su niño, en el campo, que acababa de coger una zanahoria… todo está bien encuadrado, unos colores muy bonitos, tres, dos, uno… y al momento de disparar, justo un conejo salta de entre las hierbas para hincar el diente en la zanahoria. ¡Bingo!). En los tres casos estamos en una fase activa – es la diferencia entre hacer fotos y, simplemente, ver-. Debes sacar la cámara, ponerla en marcha, mirar, apretar el botón. Eso no es casualidad, eso es un trabajo, en el sentido físico de la palabra. Necesita actividad, sea cual sea el estilo. Así que yo creo que la diferencia entre las fotos radica más en la actitud y la voluntad. Pero eso no es algo que dependa sólo de la persona, sino también de la situación en un momento dado de la persona en cuestión. Por ejemplo, el fotógrafo de revista que nos muestra al piloto tumbando su motocicleta está captando en aquél momento un cliché necesario (y no por ello menos bello). Pero la misma persona puede sorprendernos con negativos de sus vacaciones en el mar donde se ve al delfín saltando por encima del agua.

Las fotos que creas son las que piensas antes de hacerlas. Son fotos que te haces mentalmente y luego las quieres pasar a negativo. A veces requiere levantarse siete días seguidos al alba para esperar que haya las nube adecuadas que hagan de aquella salida del sol en aquel lugar que descubriste por casualidad una instantánea inolvidable. Viste el marco, el lugar, pero te faltaba rellenarlo. A veces se va más allá, y se compone la foto. Se añade una planta, se saca la botella vacía de la mesa. Se añade un foco de luz, se pone un fondo blanco. Y hasta hoy se puede hacer fácilmente este trabajo a posteriori, con el ordenador. No siempre es tan simple como borrar el cable eléctrico que afea la vista, sino que a veces se trata de imaginar y concebir cómo puede quedar mejor la foto, qué color acentuar, qué encuadre elegir. Aquí el trabajo del fotógrafo se asemeja un poco más al del pintor, que se inspira de la realidad para luego aplicarla a su manera (dejarla intacta o retocarla con lo que él considere harmonioso).

Las que cazas son las que aparecen delante de tus narices. Suelen ser las más evidentes. Quizá no estabas preparado, pero cuando delante del patio de tu casa te salta un géiser natural, cómo le pasó hace unos años a una familia andaluza, pues hombre, te da tiempo de ir a buscar la cámara y fotografiar el momento. Hay cacerías rápidas como la que mencionaba antes de Fotoprix (la cacería con suerte), las fotos de momentos estelares (lo que es estelar es el momento en sí), pero también las hay lentas (yo me puedo pasar bastante rato mirando fotos del acueducto de Segovia), ya que la presa no se mueve, pero es que no por ello es menos monumental. Ya sea con suerte o sin ella, yo creo que estas fotos son las “evidentes”: supongo que hace falta algún plus para convertirlas en algo más. Por que mis fotos de la Tour Eiffel no son como las de las postales de los estancos de París, vaya. Es ese plus lo que es interesante.

Y es que hay más: hay fotos que te encuentras después de haberlas buscado un rato. A diferencia del primer caso, no sabes exactamente qué es lo que buscas. Una foto, sí, pero ¿qué foto? La Torre de Pisa, sí, pero ¿con qué ángulo? Buscas, la buscas, pero como no sabes qué buscas, te pasas rato, cámara en mano… y al final el que la persique la consigue. Encuentras detalles en los balcones, en las hojas de los árboles, en la nieve, en las personas que se pasean, en los bichos del bosque, en el ajetreo de la ciudad… A mí me gusta hacer cosas de estas, pero aunque no lo parezca, es algo más que un paseo pasivo. Como decía antes, es un proceso activo. Se parece mucho al primer estado que mencioné, al de creación, pero aquí no se trata de fotografiar lo obvio, no se trata de fotografiar algo que ya tenías en mente: aquí se trata de ir despierto, en estado de alerta, atento, porque no sabes por dónde van a venir los tiros. Vas analizando la realidad con otro punto de vista, miras a las baldosas de la calle que pisas desde hace años de otra manera, intentas identificar qué es curioso, qué es bonito, qué es lo que tiene un plus. Es un no parar de pensar, pero tiene su recompensa. La tiene porque, sin quererlo ni beberlo lo que estás haciendo es dar valor a todas las cosas banales. Las exploras por cada lado porque en el ángulo más insospechado puede aparecer algo bonito. Les das vida porque las llenas de posibilidades. Las cosas ya no son meros objetos, sino obras con potencial. Una cosa rota puede recobrar significado. Las cosas recobran su sentido: no todo es usar y tirar, no todo es utilidad y finalidad objetiva. Hay cosas útiles (que son buenas para mí por su utilidad o simplemente agradables para mi gusto) y cosas bellas. Vale, puede ser que las últimas, las bellas, tengan mucho que ver con el gusto de cada uno. Pero pensemos ahora que hay cosas bonitas y que lo son para todos: lo que me interesa es ver que esas cosas bellas no tienen un fin concreto como el pan, que es bueno para mi salud, o el vino, que suele ser más agradable al beber que el agua. Lo que me interesa de lo bello es que al no tener una finalidad clara, al menos no una finalidad física, es algo que no siempre salta a la vista. Parece una paradoja, ya justamente lo bonito es algo que lo es para mi vista. Pero no, justamente lo que digo es que no siempre salta a la vista, y ahí está la gracia: a veces lo bonito está escondido, porque puede venir de cualquier lado. Cuando aprendemos a diferenciar la sal del azúcar, ya nunca nos equivocaremos. Pero no pasa lo mismo con la estética, ya que nunca sabemos de dónde puede surgir. Y es que puede surgir de cualquier parte. No voy a decir que todo lo que se rompe y pasa a ser un estorbo puede pasar directamente a la categoría de bello. Pero sí que el potencial existe. Ahí es donde reside la actividad, en este caso, del fotógrafo. Transformar la promesa del potencial en algo más que un “puede que sí”. Mostrarnos esa vida que permite resucitar al objeto. Es ese estado de análisis constante, de curiosidad y creatividad, de borrar las barreras físicas entre objetos y crear en tu cabeza composiciones dónde encuadrando más cercano das un significado diferente a la realidad. Es estar muy atento y concentrado, pero sin perder la ingenuidad del niño que ve formas en las nubes. Es más que apretar el gatillo. Toma su tiempo, toma su estudio, toma su concentración.

Otra cosa es saber de dónde sale esa sensación, ese descubrimiento. Y aquí es dónde vuelvo al inicio de este relato. Quizá ayudan los genes, la historia pasada, o la suerte del que recibe una cámara réflex para su cumpleaños. Unas veces la afición nace antes y la compra viene después, pero otras es la cámara la que llega sin haberla pedido. Pero aunque un tal inicio ayude, sin ser necesario tampoco es suficiente. Porque luego siempre se necesita un tiempo que dedicar, una afición que crear. Es difícil hacer algo bonito si no te gusta hacerlo. Porque no todo es fácil, y cuando se complican las cosas, hace falta tener las ideas claras o los motivos suficientes para seguir adelante. Yo no puedo saber qué es lo que empuja a los fotógrafos a hacer su labor, aunque puedo hacerme una idea. Lo que me imagino más claramente es que si puede llegar a ser una profesión, será porque requiere tiempo y trabajo. Y esto no tiene por qué ser forzosamente malo, ya que a menudo es una profesión con aires de vocación. Una vocación no es lo mismo que un don: supongo que sí que existen los dones, aunque está claro que estos también se pueden pulir. Yo nunca supe dibujar y, aunque sí sé copiar dibujos, por mucho que me empeñe me cuesta horrores. Pero una vocación es algo que te atrae aún sin saber mucho sobre ello. Una vocación es una inclinación. Siempre me ha gustado esta última palabra, inclinación. Porque es muy visual, es muy fotogénica, es la silueta del hombre que se asoma… y con un empujoncito lo tienes ahí, dentro, ya ha dado el paso, ya se ha adentrado. La inclinación es el punto que te ayuda a sobrepasar el ángulo muerto, y caer del otro lado, entrar en el nuevo mundo, volcarte en él con todos tus sentidos. Y yo creo que es esto lo que hace avanzar. Porque sin ello, no creo que la foto tuviera mucho secreto. No creo que en estas líneas haya descubierto la rueda, vaya. No hablo ni de encuadres, ni de enfoques, ni de profundidad, ni de sensibilidad, ni de luz, ni de color. Tampoco creo que haga falta, de hecho. Quizá es lo que quería decir. Ver que por mucho que la fotografía cace un segundo, por mucho de que físicamente parezca que cueste poco, hay mucho por detrás. Porque sólo se llevará su cámara de paseo aquél a quien le interese el mundillo. Sí, quizá lo que quería decir es esto, que el que se lleva la cámara es porque está en un estado reflexivo. Yo creo que fotografiar es pensar. Es concentrarse. Igual que tiene que concentrarse aquél que se quiere aprender una coreografía o la persona que aprende a tocar la guitarra. Y por eso sale bien y a veces no, y por eso puede haber gente que lo hace como entretenimiento y gente que se puede ganar la vida con ello. No os penséis que quién cuelga su foto en internet cuelga su única foto – como todo, hay muchos ensayos detrás, muchos borradores, o al menos muchas otras fotos detrás que le sirven de experiencia. Y no está mal que sea así, no está mal que las cosas conserven un toque humano. ¿O no es verdad que salimos siempre fatal en las fotos automáticas del fotomatón?